De cultura y ríos revueltos

Publicado en por Leopoldo Navarro

Un sencillo ejercicio de recordación mostrará que, salvo las posiciones de poder político-político, ningún trema desató en años recientes tantas pasiones mediáticas en nuestra ciudad, como el descabezamiento del Instituto Cultural de León. Bueno, con la excepción de los deportes, donde suelen explayarse los demonios deportivo-cheleros- de corazón, que en un tris tienden a ser rudamente chamaqueadas por los intereses económicos.

La pregunta en el aire debiera enfocarse, más que al nombre de quien dirigirá al instituto Cultural de León a partir de alguno de estos días, a la incertidumbre sobre si el ICL se enfocará –ahora sí- a servir a toda la comunidad leonesa, con los dineros públicos que le son asignados para tal objetivo

Por alguna circunstancia utopista, de ésas que confieren todo en el papel, pero con la certeza de que en los hechos nada se concretará, al ICL le fue asignada en su Reglamento Municipal la atribución de coordinar, para fines culturales, la tarea de otras dependencias centralizadas y descentralizadas que habitan el organigrama de la administración municipal,

Pero por alguna otra, la cultura es entendida en los hechos, por gobernantes de cualquier nivel, centrados en la búsqueda y operación de lo político –ejercicio del real poder, casi siempre pisando en el presente sólo como escaño hacia posiciones futuras-, como esa distracción exquisita que, ya en el ejercicio del gobierno, quita mucho tiempo, ofrece escasos reflectores mediáticos y, francamente, parece aburrirlos.

Las preguntas están planteadas, tanto en redes sociales como en medios de comunicación tradicionales: ¿sucederá ahora lo mismo que al inicio de la administración, cuando una voz, en nombre del presidente municipal, informó a varios ciudadanos que estaban invitados a participar como consejeros directivos del  ICL, y la misma –u otra, que para el caso es lo mismo- les instruyó dos cosas: que el presidente del consejo era Alfonso Barajas, y que deberían formalizar el nombramiento de Arturo Osornio como director general?

¿Sucederá con el aparato de operación y el consejo directivo del ICL lo mismo que al inicio de la represente administración municipal? Entonces estaban apanicados porque, en octubre del 2009, ya tenían frente a ellos varios compromisos para el año siguiente, basados en actividades cuya realización ha mantenido el ICL año con año: el festival artístico de enero, la feria del libro de mayo-junio, el Festival Internacional de Arte Contemporáneo –FIAC- y el Festival Internacional Cervantino, principalmente. Y de ahí se desprendía entonces la urgencia de atender esos compromisos contraídos con anterioridad que, entendidos de otra manera, serían ciclos de actividades viciadas, asumidos como necesarios por su simple realización uno y otro año, bajo la visión de que agrupar actividades artísticas en un bloque de fechas,  bajo un nombre determinado y con una supuesta temática, les daría mayor difusión y, por consecuencia, impacto en los públicos. Esto es: consumir dineros públicos, ya no en la cobertura de los objetivos marcados por los objetivos de la institución y el interés público, sino en la simple búsqueda de impactos mediáticos, más como consecuencia de persistir con propuestas basadas en suposiciones y gustos personales, que en la detección y atención a necesidades socioculturales, siempre menospreciadas, de una comunidad que existe mucho más allá de los gustos glamoroso-pedante-snobs expresados en muchas de estas actividades.

Las rutas del ICL, hay que insistir, por alguna afortunada circunstancia están trazadas en su Reglamento Municipal. Pero es irremediable reconocer que éstas sólo empezarían a ser recorridas a partir de uno de esos manotazos sobre la mesa, que tan sabrosamente sabe dar nuestro alcalde, para que las dependencias municipales trabajen con seriedad en la cobertura de sus funciones y objetivos formales.

La primera de ellas confiere al ICL la atribución de coordinar, con el concurso de otras dependencias municipales, el Plan Municipal de Desarrollo Cultural del Municipio. Pero la realidad es otra: jamás, hasta la fecha, el ICL ha ejercido esa función como líder o coordinador de esfuerzos transversales, multidisciplinarios o interdepartamentales. Dependencias municipales como el DIF, Desarrollo Social, IMUVI, Desarrollo Urbano, Desarrollo Ambiental, entre otras, cuentan con infraestructura, capital humano y recursos que servirían mejor a la comunidad, si realizaran muchos de sus proyectos en forma coordinada, pero suelen estar ocupados sólo en  tareas tradicionalmente propias de ellos y, además, no hay noticias públicas de que hayan recibido alguna propuesta del ICL para desarrollar proyectos conjuntos.

Un ejemplo del uso descoordinado de recursos, aunque no entre el ICL y otras dependencias, sino entre DIF e Instituto Municipal de la Mujer, es la anécdota de los muñecos-robots que estas dos instituciones se disputaban en meses pasados, para trabajar con ellos en la sensibilización de adolescentes escolares, sobre las responsabilidades propias de la maternidad-paternidad.

 Respecto al Plan De Desarrollo Cultural Del Municipio, cuyo diseño y puesta en marcha ya es reclamo reiterado al ICL, antes la dependencia pretendió engañar a la sociedad, llamando con ese nombre a un documento de siete u ocho páginas, colgado en la página web del ICL. Organismos ciudadanos de distinto tipo les han aclarado, que un plan de desarrollo deberá ser consecuencia de a) la revisión de experiencias y documentación existente, b) la consulta entre los actores sociales locales con intereses sobre el tema, aun corriendo los riesgos de las exposiciones repetitivas y la previsible  presentación de necesidades muy particulares, y c) la definición de funciones, estrategias y proyectos comunes o complementarios entre las dependencias municipales, que lo mismo pueden involucrar a la dirección de policía que a la de protección ambiental.

También está en la mesa el reclamo social para que el ICL deje de considerar como su “clientela” sólo a la población de planteles universitarios y público que puede acercarse a los espacios escénicos y plásticos del ICL, ubicados especialmente en el centro histórico de la ciudad. El medio rural y, con una urgencia desgarradora, las comunidades populares, están esperando que con inteligencia, sensibilidad social, apertura y profesionalismo, se les hagan llegar propuestas de participación comunitaria más allá de defender de las otras bandas el derecho a transitar por determinadas esquinas, o protegerse de la policía municipal, que de esa forma se convierte en represora y no previsora del orden social. Proyectos como Instantes clandestinos, francamente emprendidos y sostenidos con recursos no oficiales, y basados en trabajo de la sociedad civil, están marcando pauta de la forma en que las comunidades marginales dan su mejor esfuerzo en el reconocimiento y fortalecimiento de sus identidades y orgullos locales.

En vez de sumergirse en esas búsquedas y detecciones de aquéllos a quienes sirve, y de las formas como les debe servir, el ICL parece haber encargado en el transcurso de este año, no el diseño ni mucho menos la puesta en marcha del exigido Plan de Desarrollo Cultural del Municipio, sino la maquila de un documento, no a partir del la exploración y reconocimiento de realidades locales, sino como imitación y aplicación local del Plan Nacional de Desarrollo Cultural, acomodándola en organigramas y programas que el ICL insiste en mantener funcionando, sea porque están entre sus experiencias probadas, o por simple inercia para buscar una justificación formal de lo que ya hacen.

Con ese método, de diseñar un recipiente nuevo para justificar proyectos y rutinas viejas, difícilmente se encontrarán con preguntas que requieren urgente respuesta.

¿Es útil para la ciudad un Festival Internacional de Arte Contemporáneo plagado de altibajos a lo largo de los años, que no empieza a convertir a León en ningún referente local y/o regional artístico o de atracción turística, si en la vertiente de negocios se debiera pensar?

¿Es útil para la ciudad una FeNaL, en la que se parecen destinar casi 3 millones de pesos para subsidiar a libreros que, salvo casos excepcionales, nos traen saldos, juguetes o enciclopedias en abonos? Es tiempo ya, 22 años después, de evaluar los aciertos y errores de esta feria del libro, como para a) impulsarla verdaderamente como feria de consumo, haciendo todo lo necesario para atraer a compradores de novedades literarias, b) convertirla en una feria de negocios, en la que toda la cadena del libro se vea respaldada para realizar sus actividades profesionales –la FIL de Guadalajara es sólo tres años más vieja que la FeNaL, y se ha consolidado como la más importante de América Latina en ese sentido-, o c) olvidarnos de esa entelequia que sólo beneficia al recinto ferial donde se realiza, y con subsidios a los libreros, y pulverizar entonces la suma de esfuerzos que ahora se aplican en ella, para concretarla en bibliotecas, ferias comunitarias y festivales de la lectura y creación literaria para cada una de nuestras colonias, urgidas de recursos como éstos, para remontar el oscuro sentido de pertenencia beligerante y territorial que ahora los hace consumirse en sus fuegos internos.

¿Beneficia a quién la próxima academización de formaciones musicales, en un ICL cuya razón de ser no son los servicios universitarios? ¿Debería, en tal caso, voltear sus ojos al gremio teatrero, tan extrañamente poblado por profesionales de excepción que están arañando siempre los aportes institucionales para lograr puestas en escena que pudieran estar colocando a León en sitios sobresalientes del país? ¿Merecemos algo más que muestras de cine abandonadas al abrigo de dos salas comerciales, cuando León puede remontar la cuesta de construirse un ciclo propio?

¿Servirían las adecuadas respuestas –y concreción de proyectos- a éstas y muchas otras preguntas, para reforzar los actuales virajes en la vocación productiva de la ciudad hacia una de servicios y turismo cultural?

De pasada, suficiente tiempo tendría el ICL para revisar sus estrategias de comunicación, que se han reducido a desarticular un boletín impreso de amplia circulación, sustituyéndolo con algo que no logra empezar a ser una revista, y apenas tiene una tímida presencia en las redes sociales que, por cierto, no deberían ser sus únicos ámbitos de difusión. Las colonias populares y el medio rural, cuyas manifestaciones culturales no esperan apoyos para existir, serían objeto de justa atención con las adecuadas estrategias de medios alternativos, no sólo como subnormales receptores de pedantes actos culturales llevados desde la seudosabiduría cosmopolita, sino con acciones y representaciones construidas por ellos, desde sus propias realidades y para reconocerse en sus identidades que, sumadas, constituyen la de todo León.

Entonces, tal vez encontremos que el tema de la cultura no cubre 180, sino 360 grados, para involucrar a toda la infraestructura de que dispone el municipio, en la urgente dignificación y fortalecimiento de nuestros sentidos e identidades comunitarias.

(Publicado en El Heraldo de León, viernes 17 de diciembre 2010. Recuerda que tu comentario es indispensable. Puedes colocarlo aquí, o enviarlo a diario.decalle@hotmail.com y tlacuilo53@hotmail.com.)


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