De diásporas y tramitología

Publicado en por Leopoldo Navarro

Los del norte. Ellos acostumbraban nacer en este pueblo, hijos de zapatero y vecindad. Pronto aprendieron a repetir la fundación de amistades, pues eran emigrados de colonia cada cierto tiempo. Pronto se acabaron las vecindades del pueblo, y entonces la solución paterna fue Guadalajara: nuevo paraíso, otra tierra prometida. Tiempo después debieron emigrar y seguir naciendo en Tijuana, luego en la California gringa. Ahora, terminados de nacer, por fin son dueños de su decisión para permanecer donde están. Dueños también de vigorosas raíces que los hacen sentirse de alguna parte por primera vez, defienden la tierra en que sus retoños ejercen el sencillo derecho de tener en el mismo sitio sus amigos de infancia, de adolescencia y juventud. La nueva ley esa del estado de Arizona, dicen, no es más que un papel espantapájaros, que no los moverá.

Los del sur. Ya ni siquiera somos el coloso del norte que alguna vez fuimos, pero les parecemos mejor opción que sus pueblos, aunque muchas veces sólo como tierra de paso. Y ahí vienen, pagando su fortuna por navegar el Usumacinta en balsas de llanta de tractor, perdiendo a veces las extremidades y a veces la vida para viajar en el tren que los deberá llevar al norte, la tierra de ensueño, dejando en el camino la integridad física, emocional y sexual, en manos de los honorables agentes policiacos mexicanos de todo tipo que abusarán de ellos todo lo posible en cuanto los detecten, hasta que logran llegar al único punto donde consuman su igualdad con los mexicanos acompañantes: el desierto de Arizona, donde una nueva ley estatal dice que desde ahora no sólo serán migrantes ilegales que serán deportados a sus países. Ahora son también criminales que, habiendo cometido el delito de buscarse un futuro menos desastroso que el de la permanencia en sus pueblos, deberán pasar también, no sé cuántos meses o años en una cárcel gringa.

Los de acá. Es antigua y cotidiana la tradición. Tal vez alguno era estudiante, caminando entre su casa y la escuela. Posiblemente otro era un trabajador que debía recorrer, en bicicleta, algunos kilómetros entre su trabajo y el hogar. Uno más tuvo la osadía de celebrar en la tienda de la esquina, en tertulia callejera con su palomilla, el simple fin de la jornada laboral.

Ahora todos fueron reducidos a la condición de sospechosos, a quienes los agentes policiacos ordenan poner manos contra la pared, abrir piernas tanto como puedan, y soportar que sus bolsillos, prendas y dignidades, sean manoseados con minuciosidad. Cualquier ordenamiento constitucional que marque la ilegalidad de esas interrupciones del libre tránsito, o que los protegiera de ser detenidos más que en flagrante delito o por mandato de autoridad, tendría que ser recitado ante el juez calificador, ahora que varios de ellos fueron detenidos por una infracción inexistente cuando iniciaron las revisiones: resistencia a la autoridad. En Arizona emitieron una ley para detener a cualquiera por su apariencia; aquí… ¿para qué tanto trámite?

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