De FeNaLes: ¿Un paso adelante y dos atrás?

Publicado en por Leopoldo Navarro

 Concluyó la Feria del Libro de León, FeNaL 2010, acontecimiento que, de tan aparentemente exitoso, acumula cada vez más declaraciones de paternidades y maternidades, engordando el apotegma aquel de que mientras al éxito le sobran madres, el fracaso es huérfano.

Una pregunta que se antoja en esta ocasión, termina siendo: ¿realmente el chilpayate de 21 años está como para pelearlo?

En esta edición de la que entendemos como nuestra gran feria del libro, campearon elementos que ponen la piel de gallina, debido al retroceso que pueden significar para el proyecto.

En cuanto a presencias editoriales, fue evidente la ausencia de sellos que parecían haber consolidado su presencia en la FeNaL, sumada a la de otros que no parecen llegar nunca, y la proliferación de salderos y vendedores de libros en abonos, que suelen encarecerlos con el argumento de su cobro en abonos chiquitos.

Respecto a los espectáculos nacionales e internacionales que aloja, la FeNaL se caracterizaba desde hace muchos años por el rigor en el cuidado de su calidad, incluyendo la participación de artistas leoneses de primer orden. En esta ocasión, en cambio, desfilaron por El patio de los cuentos algunas extrañas danzas polinesas-aztecas, actos religioso-declamatorios y otras manifestaciones que relacionaban los espacios de la FeNaL, más con algún festival escolar de fin de cursos, que con los espectáculos ya característicos en otros años.

En cuanto a algo que se va haciendo tradición, los homenajes y reconocimientos, aquí no se llegó al grado de nombrar leoneses ilustres a representantes de la farándula, pero sí a homenajear porque alguien ordenó cambiar el color de las alfombras del recinto o las siglas de la feria, o por el insoslayable mérito de seguir vivos, sin importar la calidad de lo que hayan realizado. Esto deja en claro que los reconocimientos institucionales son un camino de dos vías: En la medida de las personas a quienes se entregan, serán codiciados o perderán valor, tanto las preseas como la institución. Por eso interesa saber si en el futuro serán adjudicados desde el dedazo divino de algún funcionario, o si el ICL es capaz de constituir, con miembros de su consejo directivo u otros leoneses ilustres, un comité que decante minuciosamente las candidaturas.

Fenales aparte, aunque a propósito de las mismas, se antoja oportuna una evaluación de ese proyecto, para determinar su real utilidad para León: ¿fomenta de alguna forma el interés por la lectura? ¿Es suficiente, o debería ser sustituida por –o complementada con- un verdadero programa de fomento a la lectura, en toda la ciudad y a lo largo del año? ¿Debe seguir siendo la feria de consumo –tianguis de libros, le llaman algunos rigurosos- que ha sido desde su fundación, o es tiempo orientarla para que además confluyan en ella los profesionales de la cadena del libro, y en un plazo mediano o largo sea también una feria de negocios, de las que está tan urgida nuestra ciudad?

La piel de gallina a que se refiere el tercer párrafo de este artículo, se debe a la sensación de que el Instituto Cultural de León -por su primera obra los conoceréis- pudiera estar dando dos o más pasos atrás, en relación con logros de sus anteriores administraciones, en el cumplimiento de su objetivo: diseñar, planear y operar las políticas culturales desde la administración municipal, para el servicio de la población.

Aquí se antoja la posibilidad de que por primera vez el ICL y sus actividades sean sometidos a una evaluación técnica y ciudadana, conducida desde su consejo directivo, pero alimentada por la sociedad, que aportaría gustosa los cuestionamientos y propuestas de encauzamiento.

Algunos elementos en esta evaluación pueden ser: luego de 20 o más años de funcionamiento con recursos públicos municipales –si bien como Consejo para la Cultura de León en sus primeros años-, el ICL no cuenta con programas de registro y fomento de los orgullos locales y el sentido de pertenencia -más allá de la promoción a las guacamayas-; no tiene un proyecto de fomento a la lectura, ni uno de trabajo con jóvenes de colonias populares –ni propio, ni en coordinación con otras dependencias municipales, estatales o federales-, abandonando en manos de la policía municipal la atención para ese tema;  no tiene –por lo menos en esta FeNaL no lo mostró- un proyecto de incorporación de las redes sociales como canales, no sólo para difundir ahora, sino para subir la interacción entre el ICL y sus usuarios en estos medios que, si hoy son vanguardia, mañana serán anacrónicos; no tiene un proyecto que mínimamente lo relacione, por ejemplo, con las comunidades rurales del municipio, que también existen, etcétera.

Lo cierto es que la medida del ICL no tendrían que ser las concepciones, informadas o desinformadas, anacrónicas o vanguardistas, de sus funcionarios, sino la imaginación y propuesta social llevada a la planeación y operación; no las posibles conformaciones apresuradas de su consejo, ni las contrataciones apresuradas de sus directivos ni, mucho menos, la conversión de esto en una patente de corso, para que a lo largo de tres años conviertan en ley sus concepciones de lo que la gestión cultural debe ser -y en lo que aplicarán los millones que la administración municipal les destina cada año-, sino un proyecto de gestión cultural derivado de un proceso de diagnóstico, crítica, propuesta y planeación, en el que su consejo directivo puede cumplir, por primera vez, el papel que le corresponde: diseñar y vigilar ellos el modelo, para que los funcionarios dirijan la operación.

La palabra, irremediablemente, la tiene la sociedad e, inicialmente en representación de ella, los consejeros directivos del Instituto Cultural de León.

 

Publicado en El Heraldo de León el 24 de mayo 2010

 

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