De lo que se edita sobre ediciones

Publicado en por Leopoldo Navarro

Con toda la pena, pero así será. Convocado en el marco de la pasada FeNaL –Feria del Libro de León- a una mesa de análisis sobre política editorial, leí un texto que de ninguna manera refiere una nota sobre el tema, publicada el 27 de mayo por el periódico a.m. Por considerar de interés público –tan “público” como el oficio editor, cierto- tales ideas, considero pertinente reproducirlas en este Diario de calle, a riesgo de que el lector me reclame por traer a estas páginas una cuestión tan doméstica como, para variar, el oficio editor. En todo caso, evoco aquí un placer como el de cualquier persona que, encargada de reseñar, viva en su oficio redactor el cuasi divino privilegio de escribir lo que le dé la gana. Corre y se va.

 

Agradezco la inclusión entre los ponentes de este importante foro, aunque aún no sé hacia quién deba dirigir mi agradecimiento. Por una parte, una mala lectura del programa impreso de la FeNaL me privó de saber, desde el primer día –que fue cuando lo conocí-, que estaba incluido en esta actividad; por otra, nadie me consultó nunca sobre mi interés por participar, nadie me dio una elemental explicación sobre el tema por tratar –lo cual habría sido indispensable para preparar esta participación- ni, mucho menos, se me convocó a una reunión previa con los otros ponentes, para acordar una secuencia y tiempos  de intervención ante el público.

En todo caso, mi optimismo me hace esperar que esta actividad no repita los esquemas de alguna en que participé en 1979, hace 31 años, cuando fuimos reunidos en San Miguel Allende un montón de jóvenes promesas de la literatura, en una sabrosa ensalada de exposiciones de egos, intercambio de estampitas y halagos, y toda una sinfonía de gritos y susurros, ante un muro de lamentaciones y exigencias para que cualquier aparato burocrático al alcance, apoyara nuestras genialidades.

Ese optimismo me hace descartar, entonces, que mi nombre –igual que el de los otros aquí reunidos- haya sido simplemente utilizado para rellenar la convocatoria a un evento que esté siendo repetido hasta la náusea, al grito de sigamos inventando lo mismo, mientras encontremos instituciones que lo sigan pagando, igual que hace 31 años, 30, 29, 28, etcétera.

Intentando entrar en la que espero sea la materia de esta mesa, Hacia una política editorial en el estado de Guanajuato, y en apego a la necesaria brevedad de mi intervención, propongo una primera y única cuestión: para que exista una política hacia los editores, primero deben existir los editores. Y me parece que, salvo cuatro o cinco excepciones, en mi estado, nuestro estado, el oficio editor –más bien: la suma de los oficios necesarios para lograr una edición elementalmente decorosa- es cosa inexistente.

Sí abundan, sobre todo, los románticos que a partir de la pura buena intención se tiran al ruedo de la edición, en el más tierno supuesto de que sus publicaciones están logradas sólo por el solo hecho de aparecer, sin abrir la posibilidad de criticarles los errores en un montón de procesos técnicos como mancha tipográfica, cornisa, proporción áurea, ríos, calles y hasta corrección de estilo, términos que, simplemente, ellos desconocen –lo cual se puede deducir a través de sus obras.

Aunque esfuerzos como ésos son infinitamente mejores que las llamadas empresas culturalmente responsables, que procuran mancharse el plumaje de la corbata en todo pantano posible, convertidas así en ajonjolís de todo mole. Aquellos románticos también están por encima de nuestro sector bucanero editorial que, carente de los oficios editores, jura tenerlos y hasta cobra a los autores e instituciones por maltratar sus textos.

Para la sección románticos del graderío, para los permanentemente embriagados en la convicción de que editar es indispensable, aunque también para todos los demás, propongo diseñar y poner en marcha una estrategia para el fortalecimiento del oficio editor, llamando así a la suma de especialidades  que integran esta ocupación, identificada por algunos como el último oficio renacentista del siglo XXI.

Los detalles de tal propuesta, evidentemente, ya los trataremos en otro tiempo y espacio. Esperemos programas. 

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