De mercados

Publicado en por Leopoldo Navarro

El Aldama –de la Soledad, para los amigos- eran un galerón o colección de galerones amorfos, con una vitalidad a prueba de todo. Su apéndice Josefa Ortiz de Domínguez, en pleno arroyo de esa calle a un costado del templo de la Soledad, remataba en la Miguel Alemán con un soberbio puesto de caldos de pollo con menudencias, Los Gordos. En el jardín de las delicias que era esa parte, bastaba estirar la mano para agregar al arroz con pechuga uno o dos plátanos, de los puestos que los vendían. En el otro extremo, el de la Belisario Domínguez, los mariachis ya eran expertos en torear autos para ofrecer la música, que iba en franco paquete para los aterrizantes: alipuses en la vinatería Los Alpes, tacos de tripas en los puestos que ahí anidaban contra toda prudencia higienista, y las canciones para olvidar penas o llevarlas de serenata.

En el interior, en esa inmensa escala que todo aparece cuando de recobrar infancias se trata, estaban al acecho los enormes expendios de tunas, fruta entonces no confinada a unos cuantos carritos de tracción animal en esquinas populares, y golosina permitida en cualquier dieta alimenticia. Ya en cualquier parte del interior, y sobre todo en época de posadas, todo era obligado a convertirse en fiesta de colores, olores y sabores: inmensas cañas que eran reducidas a su jugoso esqueleto y fracturadas hasta caber en las piñatas y los aguinaldos; colaciones que no eran la comida o alimento ligero, específicamente el que se toma en días de ayuno del diccionario, sino unas esferitas chipotudas de azúcar con alma de semilla de anís, que golpeaban espantosamente cuando uno jugaba con ellas a las guerritas; aromáticos tejocotes que en ocasiones se salvaban temporalmente para ser llevados al almíbar, y mandarinas, en verdaderos cerros que las marchantas llevaban en bolsas del mandado para la posada de la vecindad.

La planta alta, luego de pausas en el tiempo y lagunas en memorias holgazanas que no precisan aquí las fechas de un incendio devastador, era toda una fiesta de fondas, lecherías, panaderías, menuderías y otras proveedurías de ese bastimento que el espíritu exige al cuerpo para seguirse manifestando: comida. En alguna esquina estaba por las mañanas el expendio de arroz con leche de alguna anciana, que tenia la precaución de servir a la hermana invidente en un plato despostillado, por si se le cayera. A medio camino la fonda de doña Carmelita, como las demás pero de la casa, tenía listo cada mediodía el caldo de res, las sopas de arroz y el guiso del día: desde unas albóndigas que alojaban microscópicos tesoros de chipotle, hasta esos manjares del placer culinario reservados sólo para los dolientes días de la cuaresma: capirotada, agua de frutas, tortas de camarón, ay.

El mercado, su nave central, en ese derroche de modernidad de lo inaugurado como consecuencia de aquel incendio, era un señor mercado. Circulaban cada tarde los mayoristas, listos para proveer a puesteros con la mercancía lista en los camiones estacionados ahí afuera; abrían cada madrugada los puestos de frutas, legumbres, carnes blancas, frías, rojas y de todo tipo, compitiendo con sus rótulos pícaros por la clientela, y no era raro circular en los pasillos entre cadáveres y despojos de cebollas, lechugas, etcétera.

Hoy el Aldama –de la Soledad, para los nostálgicos- es lo mismo, pero no es igual. Las fondas de su planta alta siguen, vitales y económicas –aunque la de doña Carmelita parece haber sido trocada por una capilla religiosa-. En la parte superior de su nave poniente persisten los huaracheros, proveedores de ese calzado baratísimo que exige al ser humano probar su capacidad de generar callosidades para sobreponerse a la dureza de la vida. Sobrevive uno que otro jarciero ofreciendo jaulas para periquitos australianos, comales, braseros, molcajetes y metates, y siguen en su lugar los oferentes de yerbas medicinales. Persiste la robusta sección de carnicerías y pollerías. Las florerías están.

La nave central, la aquellos agasajos de movimiento, olores y colores de frutas y legumbres, sí es apenas sombra de lo que fue. Atiborrada de marisquerías macro, medio y micro, y estratégicamente colocadas las tiendas de esperanzas vestidas de amuletos para la buena suerte,

apenas da espacio para uno que otro puesto de perecederos, a los que originalmente la ciudad les construyó un recinto para permitirles ofrecer ahí su mercancía a las marchantas.

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Maria Jacinto 09/19/2010 00:41



Felicidades esta muy padre!


 



Mayne Rosas 07/10/2010 19:58



Qué deliciosa manera de describir uno de mis lugares favoritos de León.



carlos 07/09/2010 07:33



Chingón. Cuántos recuerdos