De crímenes desapercibidos
No los busque usted en la primera plana, donde los antihéroes del día son los futbolistas en cuyos pies navega tormentosamente el ánimo de nuestra afición.
Tampoco están en la portada de espectáculos, desde donde Avatar y sus vanguardias en 3D, me arrastraron ya en tres ocasiones para investigar si ese objeto sobre los ojos de Neytiri son googles, cortavientos o simplemente adornos cosméticos hechos con alas de libélula.
Mucho menos aparecerán en la sección sociales, dado que no es temporada para visitas lucidoras a casas proletarias, con la justificación de la foto entregándoles juguetes.
Nadie hallará palabras para ellos entre las declaraciones de nosotros, defensores de la moral, las buenas costumbres y todo aquello dictado desde los catecismos que hace siglos ya mostraban sus radicales atrasos en el respeto a las libres y personalísimas decisiones de cada quien acerca de su cuerpo.
Ni siquiera son leídos en la reseña de alguna asamblea de barrio que los identifique como rehenes de la dura y cotidiana tragedia que es ya el solo hecho de amanecer bajo el abrigo del calor materno y luego quedar, irremediablemente, bajo ningún otro cobijo más que el del encierro en el cuarto redondo donde quedan sujetos a la fatalidad. Su espacio es la sección policiaca.
Lo de menos es que se llamen Yoselín, Brian y Gabriel, gemelos de tres años los primeros; de 8 meses el segundo. La siguiente mención para ellos ya se dará en el funeral de angelitos donde se les llore luego de que sus restos quemados sean devueltos, su madre falte sin goce de sueldo al trabajo para sepultarlos, y luego siga la vida.
Esta tragedia no desatará un acto mágico que lleve a la fundación de guarderías para hijos de quienes, para procurar el sustento de sus hijos pero imposibilitadas para pagar por que alguien los atienda en ausencia de ellas, terminan sometiéndolos al acto eszquizo de encerrarlos bajo llave para dejarlos elementalmente protegidos.
Ellos –igual que muchos otros millones de niños en igual circunstancia- son mediática y políticamente poco redituables, mientras no sirvan para llenar las trágicas pero frías páginas policiacas de los medios, y no habrá nadie que, teniendo en sus manos la obligación político-administrativa, los recursos públicos y/o la capacidad de convocatoria social, los utilice con imaginación y sensibilidad, para garantizar a estos niños –y a sus madres- una elemental seguridad, creando las necesarias guarderías públicas, gratuitas, para hijos de madres trabajadoras no aseguradas.
¿O sí?
Tampoco están en la portada de espectáculos, desde donde Avatar y sus vanguardias en 3D, me arrastraron ya en tres ocasiones para investigar si ese objeto sobre los ojos de Neytiri son googles, cortavientos o simplemente adornos cosméticos hechos con alas de libélula.
Mucho menos aparecerán en la sección sociales, dado que no es temporada para visitas lucidoras a casas proletarias, con la justificación de la foto entregándoles juguetes.
Nadie hallará palabras para ellos entre las declaraciones de nosotros, defensores de la moral, las buenas costumbres y todo aquello dictado desde los catecismos que hace siglos ya mostraban sus radicales atrasos en el respeto a las libres y personalísimas decisiones de cada quien acerca de su cuerpo.
Ni siquiera son leídos en la reseña de alguna asamblea de barrio que los identifique como rehenes de la dura y cotidiana tragedia que es ya el solo hecho de amanecer bajo el abrigo del calor materno y luego quedar, irremediablemente, bajo ningún otro cobijo más que el del encierro en el cuarto redondo donde quedan sujetos a la fatalidad. Su espacio es la sección policiaca.
Lo de menos es que se llamen Yoselín, Brian y Gabriel, gemelos de tres años los primeros; de 8 meses el segundo. La siguiente mención para ellos ya se dará en el funeral de angelitos donde se les llore luego de que sus restos quemados sean devueltos, su madre falte sin goce de sueldo al trabajo para sepultarlos, y luego siga la vida.
Esta tragedia no desatará un acto mágico que lleve a la fundación de guarderías para hijos de quienes, para procurar el sustento de sus hijos pero imposibilitadas para pagar por que alguien los atienda en ausencia de ellas, terminan sometiéndolos al acto eszquizo de encerrarlos bajo llave para dejarlos elementalmente protegidos.
Ellos –igual que muchos otros millones de niños en igual circunstancia- son mediática y políticamente poco redituables, mientras no sirvan para llenar las trágicas pero frías páginas policiacas de los medios, y no habrá nadie que, teniendo en sus manos la obligación político-administrativa, los recursos públicos y/o la capacidad de convocatoria social, los utilice con imaginación y sensibilidad, para garantizar a estos niños –y a sus madres- una elemental seguridad, creando las necesarias guarderías públicas, gratuitas, para hijos de madres trabajadoras no aseguradas.
¿O sí?
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