Lo que dejó la tempestad electoral
Inundando los espacios en éste y todos los medios de comunicación de este lunes 6 de julio, están: las opiniones sobre los procesos electorales vividos ayer domingo, los silencios prudentes de quienes fueron por su 2% y pueden haber salido trasquilados, las expresiones triunfales de unos -favorecidos por los cantos del PREP, Programa de Resultados Electorales Preliminares, que a partir de las 20 horas del día de la votación habrá marcado tendencias y tal vez hasta cifras- y, necesariamente, las reclamaciones de otros, los que no alcanzan sus mínimos anhelados.
Y… ¿los electores qué?
Asumiendo el riesgo de la repetición, y de apenas ajustar el discurso de Los estoy previniendo por el de Se los dije, difícilmente lo que sigue será sólo una espera de calificación de elecciones, entregas de constancias de mayoría y tomas formales de posesión. Los porcentajes de abstención, y sobre todo los de votos nulos en cada casilla, deberán ser un indicador, inédito hasta ahora para los gobernantes y sus partidos políticos, de que algo distinto y radical necesita el país para mantener vigente, sin mayor sobresalto, esa parte del contrato social conocida como sistema electoral.
Habrá que determinar, leyendo en más de un sentido las cifras de ayer, si de verdad está amenazado un sistema electoral deficiente, por un hartazgo ciudadano a punto de un desborde, en una situación perfectamente canalizable por la vía legislativa para atender puntos que, al parecer, ahora sí fueron expuestos con puntualidad por la ciudadanía, unas veces desde el anonimato y otras con organismos ciudadanos que firman con sus nombres y apellidos.
El país está verdaderamente abrumado por plagas como la pobreza y la crisis económica que la profundiza en vez de ofrecerle esperanzas, además de la extraña e inédita situación en que expresiones y situaciones “narcosociales”, antes desconocidas, forman ahora parte de nuestro cotidiano paisaje, todo aderezado por una espesa nata de corrupción en todos los niveles.
¿Será éste un momento para que quienes deban diseñar la correspondientes agendas, decidan activar o no los correspondientes mecanismos de consulta ciudadana, profesionalización de funcionarios públicos a través de su posible reelección, sometimiento a la rendición de cuentas, adecentamiento del número de legisladores y de sus ingresos económicos, así como la eliminación de privilegios autoasignados?
¿Seguirá siendo el web la casi única caja de resonancia para quienes, desde los más diversos frentes de propuesta y opinión han manifestado estos hartazgos? ¿Qué niveles de incidencia habrá logrado esto entre la ciudadanía “común”, la que no tiene el acceso cotidiano, no sólo al internet, sino también a las redes sociales que han ventilado estos cuestionamientos?
Con cierta facilidad, caemos en la tentación fatalista de suponer que los políticos ya estaban aquí cuando llegamos, y de que nuestra única función respecto a ellos es votarlos y verlos figurar. Por eso nos será sumamente difícil, pero ya veremos qué tan efectiva, la tentación de cuestionar su forma de tomar la batuta cedida por la sociedad para que la condujeran. Ahora ellos tienen la oportunidad para dejarse de gatopardismos y ponerse realmente al servicio de la ciudadanía.
Por ellos hablarán sus acciones.
Y… ¿los electores qué?
Asumiendo el riesgo de la repetición, y de apenas ajustar el discurso de Los estoy previniendo por el de Se los dije, difícilmente lo que sigue será sólo una espera de calificación de elecciones, entregas de constancias de mayoría y tomas formales de posesión. Los porcentajes de abstención, y sobre todo los de votos nulos en cada casilla, deberán ser un indicador, inédito hasta ahora para los gobernantes y sus partidos políticos, de que algo distinto y radical necesita el país para mantener vigente, sin mayor sobresalto, esa parte del contrato social conocida como sistema electoral.
Habrá que determinar, leyendo en más de un sentido las cifras de ayer, si de verdad está amenazado un sistema electoral deficiente, por un hartazgo ciudadano a punto de un desborde, en una situación perfectamente canalizable por la vía legislativa para atender puntos que, al parecer, ahora sí fueron expuestos con puntualidad por la ciudadanía, unas veces desde el anonimato y otras con organismos ciudadanos que firman con sus nombres y apellidos.
El país está verdaderamente abrumado por plagas como la pobreza y la crisis económica que la profundiza en vez de ofrecerle esperanzas, además de la extraña e inédita situación en que expresiones y situaciones “narcosociales”, antes desconocidas, forman ahora parte de nuestro cotidiano paisaje, todo aderezado por una espesa nata de corrupción en todos los niveles.
¿Será éste un momento para que quienes deban diseñar la correspondientes agendas, decidan activar o no los correspondientes mecanismos de consulta ciudadana, profesionalización de funcionarios públicos a través de su posible reelección, sometimiento a la rendición de cuentas, adecentamiento del número de legisladores y de sus ingresos económicos, así como la eliminación de privilegios autoasignados?
¿Seguirá siendo el web la casi única caja de resonancia para quienes, desde los más diversos frentes de propuesta y opinión han manifestado estos hartazgos? ¿Qué niveles de incidencia habrá logrado esto entre la ciudadanía “común”, la que no tiene el acceso cotidiano, no sólo al internet, sino también a las redes sociales que han ventilado estos cuestionamientos?
Con cierta facilidad, caemos en la tentación fatalista de suponer que los políticos ya estaban aquí cuando llegamos, y de que nuestra única función respecto a ellos es votarlos y verlos figurar. Por eso nos será sumamente difícil, pero ya veremos qué tan efectiva, la tentación de cuestionar su forma de tomar la batuta cedida por la sociedad para que la condujeran. Ahora ellos tienen la oportunidad para dejarse de gatopardismos y ponerse realmente al servicio de la ciudadanía.
Por ellos hablarán sus acciones.
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