A propósito de ranas

Publicado en por Tlacuilo

En un plano comercial de 1952 aparece como presa de la Hoyuela. Si esforzamos memorias y persistencias, localizaremos la foto publicada por un diario local en esos años, con dos personajes, ahora inmortales pero anónimos, surcando sus aguas en una lancha de remos. Tres o cinco años luego –los historiadores y cronistas que no tenemos nos deben ese espulgue, entre otros-, y arropada por la candidez ecológica y nula normatividad urbanística –¡en plena mitad del siglo XX!- de quienes debieran defender de eso a la ciudad, la rapiña fraccionadora hizo lo suyo para cercenarle esa fuente con que alimentaba sus mantos acuíferos subterráneos, desecar el vaso de la presa y, luego de permitirle orearse durante unos meses, lotificarla para gloria económica de sus vendedores y permanente lamento de quienes construyeron ahí su apuesta, la única que podían hacer, por un inicio de patrimonio edificado para sus familias.

Chapalita, la colonia, había nacido. En esta ciudad que, desde su constitución formal como villa en 1576 tenía una previsión urbanística plenamente funcional, se creaba en mil novecientos cincuentaytantos una simple retícula de lotes salitrosos, como toda una tierra de aventura. Aventureros necesitaban sentirse quienes, temporada tras temporada de lluvias, se veían obligados a concertar con los vecinos la correspondiente cooperacha, para pagar y tirar unos cuantos camiones de escombro entre la parte no tan fraudulenta ni profunda del fraccionamiento –delimitada tal vez por la calle Canadá, esquina con Yucatán- y el acceso a lo que algún día, unos treinta años después, apenas prometería ser la banqueta de su calle. Aventureros, sorprendidos por lo que en otras circunstancias sería un romántico concierto de ranas a orillas de una laguna, pero aquí era una ensordecedora y eterna tormenta de croares enmarcando el camino nocturna a casa, por el bordito de escombro, para salvar zapatos y ropa del agua llovida que, sabia entre sabios, siguió encontrando varios decenios después su punto de acumulación y reposo en esta hoyuela.

¿Salvar, dijo alguien? La entrada a casa lo desmiente: camas, roperos, sillas, bacinicas y cualquier otra cosa o animal que estuviera en el suelo, ya era un objeto flotante más, en ese charco invasor también de las viviendas, como consecuencia del bucanero comercio “urbanizador” y sus correspondientes complicidades de autoridades municipales, etcétera. Aventura también era recibir en casa, durante años y años, los botes mantequeros con agua potable de los pocitos que, transportada en mulas, burros, carretas y con tracción humana, se debía pagar para consumirla en casa, a diferencia de quienes vivían no más de unas cuadras arriba, en la civilización.

Jardines, campos deportivos, espacios de convivencia comunitaria, mercados… ya, en serio. Estamos hablando de Chapalita, cuya definición tal vez pueda ser “aquí, donde se vino a lotificar y vender todo lo vendible, procurando evitar que la dignidad comunitaria aparezca en alguna esquina y exija espacios barriales para convivir como seres humanos”. Aunque también se le pudiera traducir como “sitio de casas en permanente reedificación”, pero no por atávicas costumbres prehispánicas de construir sobre lo construido, sino por los efectos del salitre que, implacable, desde entonces –y tal vez hasta la fecha- se dedica a escalar por las paredes del material constructivo más resistente, pulverizando una y otra vez enjarres y ladrillos de toda pared. Chapalita, para cuya explicación de diccionario también se puede proponer “colonia de casas chaparras”, pero sólo en apariencia, pues sus pisos originales quedaron unos 30 centímetros bajo el nivel de la calle, también por extraños designios de quienes, en su momento, tendieron drenajes y pavimentos, no para servir a las viviendas, sino para mayor comodidad de sus cálculos.

Chapalita, pues, la colonia donde, una tras otra generación, el barrio, la esquina, las caguamas en la tiendita, el jolgorio sonidero de fin de semana –con dedicatorias de canciones a la pretendida del momento- fueron, son y serán los espacios para cultivar la vida, la vecindad, la amistad, los compadrazgos, el robadero de la novia y otra vez la vida. Chapalita, donde por motivos intrincados y eternamente indescifrables para los alcances de ciertas miopes políticas públicas de desarrollo social trastocadas en soluciones policiacas, los bandos amistosos mutan en bandas territoriales, extrañamente autoexigidas para cuidar que el otro no pise sus dominios, so pena de recetarles, con la caballerosidad posible, un “ahí guárdame este fierro”.

Chapalita, la de una infancia y un tiempo. Cualquier parecido con colonias proletarias que surjan ahora o en el futuro, es mera consecuencia de cotidianas repeticiones históricas.

(Señor editor: hice lo posible para producir un texto digno de ser incluido en la sección policiaca, pero admito la posibilidad de no haber logrado tal mérito.)
Publicidad

Etiquetado en sociedad

Para estar informado de los últimos artículos, suscríbase:
Comentar este post