De tíbiris a tábaras
Uno. Es la Constitución, entre Rivera y Antillón. El empedrado de piedra bola presume retadora su cuesta de hamaca y sus guías han sido convertidas, por el tiempo y las tablas de estos surfeadores suicidas, en impecables canales para deslizarse cuestabajo. La fórmula es fácil, pero no todos tienen la valentía para aplicarla: compras una vela de sebo en la tienda, la untas a plenitud en tu tabla, montas sobre ella y allá vas. Probablemente los huesos y dientes queden completos al llegar al tubo metálico que en principio sirvió para evitar el paso de coches de abajo hacia arriba, pero ahora son perfectos topes para marcar el final del camino.
A media ruta, casi en la cumbre de la cuesta-calle, los niños, que desde hace rato fueron mandados a la cama, no hallan sentido entonces a esos enormes cajones de madera, pronto entendidos –cuando su ruido no deja dormir- como las bocinas desde donde Carlos Campos, Acerina y su Danzonera, Pablo Beltrán Ruiz, la Sonora Matancera y su constelación estelar de voces, marcan los terrenos de lo que la música debe ser (aunque no es para tanto: Acerina y Campos serán escuchados luego, en los bailes en el patio del palacio municipal; bueno, desde afuerita, en el jardín). Hay baile en la vecindad.
Y sí, por entre las rendijas de la puerta es reconocible uno que otro vecino, engalanado en su casco de brillantina Glostora, pantalón de casimir y camisa blanca de dominguear, aunque también en muchos casos el saco holgado, de aires pachucos -sin lujos, o con las galas posibles-, zapatos borsalinos con sus bigoteras blancas sobre negro, o al revés, y el arrullo del danzón, que en un ladrillo reúne pretexto suficiente para inventar las artes del fundir en un éxtasis definitivo cada músculo comprometido en la tarea de dar al baile la sensualidad indispensable para entender la vida y sus razones.
Una mañana después de la batalla, el terreno permite reconstruir lo sucedido durante la azarosa noche: el cadáver abandonado de algún disco de 78 RPM, con heridas de guerra que terminaron inutilizándolo; retazos de aquellas fundas de cartón kraft donde el sonidero los almacenaba en perfecta clasificación para complacer con prontitud peticiones de bailadores; minas terrestres lastimando los pies descalzos en el piso de tierra del corral, que luego son identificadas como agujas ya sin el filo necesario para sacar del surco la música.
¿Y si no fue esa vecindad en la Constitución, sino una de la Juan Valle?
Dos. No se sabe muy bien cómo o por qué, pero sucedió. Ahí estaba el chilanguísimo sonido La Changa en pleno jardín principal de León, oficiando su rito callejero del tibiritábara, alimentado sus watts musicales con las arengas de Rosita La Cigarrita, dignísima DJ-locutora-embajadora confesa de Radio Voz, la Reina de Reinas. La convocatoria, más discreta que las mayores vergüenzas esnob-populistas de las que haya memoria -si la hay-, mencionaba un Proyecto Sonideros sobre el que, para variar, tampoco se sabe. Ahí estuvieron, cónstenos, integrando la parte... ¿buena onda con la naquiza? del FIAC, que distribuye sus vanguardias pop-nice a lo largo de estos días y espacios. La banda, la flota, la cuadra, los valedores y las morras que los hacen ser, hicieron caso pleno del no darse por invitados, bajo la prudente encomienda de no transitar en terrenos propios pero ajenos. Si acaso enviaron unos emisarios, pero muy discretos ellos, muy por fuera de la bola, muy viendo para no perder de vista las rutas de escape ni el momento oportuno para perderse. La tira sí pasó lista, circulando con uniforme, fornituras y armamento completo entre un escaso y ajeno auditorio, que bien a bien no descifraba qué provocador papel jugaba frente a él, adicto al ska, surf, house, hip-hop –o cualquier otra manifestación más fiaquiana,- este tsumani de guarachas, cumbias y dedicatorias mil, pero esforzando dos o tres pasos chúntaro style, para poner a buen resguardo el honor. Queda constancia y seguiremos informando, cuando sepamos algo.
A media ruta, casi en la cumbre de la cuesta-calle, los niños, que desde hace rato fueron mandados a la cama, no hallan sentido entonces a esos enormes cajones de madera, pronto entendidos –cuando su ruido no deja dormir- como las bocinas desde donde Carlos Campos, Acerina y su Danzonera, Pablo Beltrán Ruiz, la Sonora Matancera y su constelación estelar de voces, marcan los terrenos de lo que la música debe ser (aunque no es para tanto: Acerina y Campos serán escuchados luego, en los bailes en el patio del palacio municipal; bueno, desde afuerita, en el jardín). Hay baile en la vecindad.
Y sí, por entre las rendijas de la puerta es reconocible uno que otro vecino, engalanado en su casco de brillantina Glostora, pantalón de casimir y camisa blanca de dominguear, aunque también en muchos casos el saco holgado, de aires pachucos -sin lujos, o con las galas posibles-, zapatos borsalinos con sus bigoteras blancas sobre negro, o al revés, y el arrullo del danzón, que en un ladrillo reúne pretexto suficiente para inventar las artes del fundir en un éxtasis definitivo cada músculo comprometido en la tarea de dar al baile la sensualidad indispensable para entender la vida y sus razones.
Una mañana después de la batalla, el terreno permite reconstruir lo sucedido durante la azarosa noche: el cadáver abandonado de algún disco de 78 RPM, con heridas de guerra que terminaron inutilizándolo; retazos de aquellas fundas de cartón kraft donde el sonidero los almacenaba en perfecta clasificación para complacer con prontitud peticiones de bailadores; minas terrestres lastimando los pies descalzos en el piso de tierra del corral, que luego son identificadas como agujas ya sin el filo necesario para sacar del surco la música.
¿Y si no fue esa vecindad en la Constitución, sino una de la Juan Valle?
Dos. No se sabe muy bien cómo o por qué, pero sucedió. Ahí estaba el chilanguísimo sonido La Changa en pleno jardín principal de León, oficiando su rito callejero del tibiritábara, alimentado sus watts musicales con las arengas de Rosita La Cigarrita, dignísima DJ-locutora-embajadora confesa de Radio Voz, la Reina de Reinas. La convocatoria, más discreta que las mayores vergüenzas esnob-populistas de las que haya memoria -si la hay-, mencionaba un Proyecto Sonideros sobre el que, para variar, tampoco se sabe. Ahí estuvieron, cónstenos, integrando la parte... ¿buena onda con la naquiza? del FIAC, que distribuye sus vanguardias pop-nice a lo largo de estos días y espacios. La banda, la flota, la cuadra, los valedores y las morras que los hacen ser, hicieron caso pleno del no darse por invitados, bajo la prudente encomienda de no transitar en terrenos propios pero ajenos. Si acaso enviaron unos emisarios, pero muy discretos ellos, muy por fuera de la bola, muy viendo para no perder de vista las rutas de escape ni el momento oportuno para perderse. La tira sí pasó lista, circulando con uniforme, fornituras y armamento completo entre un escaso y ajeno auditorio, que bien a bien no descifraba qué provocador papel jugaba frente a él, adicto al ska, surf, house, hip-hop –o cualquier otra manifestación más fiaquiana,- este tsumani de guarachas, cumbias y dedicatorias mil, pero esforzando dos o tres pasos chúntaro style, para poner a buen resguardo el honor. Queda constancia y seguiremos informando, cuando sepamos algo.
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