De clósets y pechos golpeados
Son sus decoradores de bodas, sus manicuristas, sus peluqueros y chefs –o cocineros, si el entorno no fuera tan lindy. Son sus hermanos, tíos, sobrinos, hijos y padres. Son sus confesores y sus máximos confidentes. Sus músicos favoritos. Sus legisladores, jueces, gobernantes y gobernados. Son los vecinos y la gente con quien han convivido desde la infancia y a cuya amistad de ninguna manera renunciarán, pues saben que sus fidelidades y complicidades siempre son hasta la muerte… o a lo mejor no tanto, como en el caso de cualquier otra persona. Son sus vecinos de escritorio. Son los inteligentes del equipo. Los contemporáneos de infancia que en forma inexplicable galopaban ya en el viaje de la madurez –a saber si amarga o festiva-, cuando éstos apenas aprendían a recibir y asimilar los golpes de las pubertades.
Son, en realidad, parte de la vida común. Ahí estuvieron siempre, en una ciudad que nunca antes se preguntó si ellos tenían derecho a existir, a casarse, más allá de fungir como tíos o tías de esos hijos, especialmente de mujeres que por X circunstancia –nunca diseccionada por estas moralidades de catecismo parroquial- recibieron la generosa oferta para fundar esos parentescos de almentiritas, que nadie en su juicio, conociendo a quienes fueron niños de aquellas atípicas familias, calificaría como nidos de perversión formadores de seres depravados que no sabrán cómo comportarse en sociedad y verán demoniacamente confundida su naturaleza sexual, al grado de no saber ya ni para dónde.
Ellos existieron desde antes que alguien se inventara una dogmática norma para declararlos extraños. Desde antes que la palabra normalidad fuera acuñada para luego crear la expresión contraria y endilgarla a los distintos.
También son ciudadanos, con plenos derechos, en un país que les aplicó hasta hace poco la óptica del reojo e inventó, como raya que no deberían pisar los discriminados, la palabra tolerancia: te tolero, pero recuerda que no mucho.
Las mentes perversas, diría el parafraseo del novelista, están en otra parte.
Publicado en El Heraldo de León, 15 de marzo de 2010