De piojos

Publicado en por Tlacuilo

Uno las podía ver oficiando el arte de sentarse en la banqueta, casi siempre en uno esos bancos con asiento de mecates entretejidos. A veces la niña, a veces la abuela, a veces la madre o la hermana. Privilegio femenino, pues.

A veces el silencio parecía ser la norma, por lo que era lo mismo escucharlas con los ojos abiertos o cerrados, en su ritual de arares puntuales, desde la frente a la espalda, luego el surco siguiente y otro más y hasta el final, alternando entre mirar fijamente a la cabellera de la otra para no perder el punto de referencia, distraerse ligeramente viendo a los caminantes y entonces cumplir la única distracción permitida, el saludo correctísimo para cada uno de ellos.

A veces el silencio parecía quedar prohibido y entonces era mucho más cómodo pasar junto a ellas y, al descuido, escuchar sus demoledoras manifestaciones de cotidianidad: que si al abuelo terminaron por despedirlo del trabajo sin considerar que cuando no tuviera que hacer  terminaría muriéndose de puro aburrimiento, que si a Joaquina ya la pidieron y el padrecito está corriendo amonestaciones y avisos en cada misa, que si a María por fin decidió robársela José y la vino a depositar y nomás estamos esperando a que llegue tu padre para ir a pedirla, que otra vez los hombres de la casa están pensando seriamente entrarle con los señores que cada semana se plantan en la plaza principal con su mesita, para enganchar gente el programa ese, Bracero, porque otro temporal sin agua y sin cosechas francamente nos dejaría en la calle, que si Josefina, la hija casada desde hace diez años, ya está otra vez esperando, y su marido, tan buen pespuntador que es y tanto dinero que gana, apenas la mantiene muerta de hambre.

Cadencioso y agotador pero inagotable, el tejido del peine de carey con dientes angostísimos avanzaba, desde la frente hasta la espalda.

Con uno el asunto era, más bien, salvaje. Bastaba una persistente comezón en la cabeza, para que la madre hiciera una rápida y experta exploración, sacara sus tijeras de costura, encargara traer de la tlapalería un frasco de DDT –cuyos efectos cancerígenos aún convivían con nosotros-, tuzara todo el pelo posible y arropara en un paliacate la calva, previamente bañada en un vomitivo insecticida.

El ritual del despiojadero quedaba cumplido. Acá, con una apariencia pestilente a lo largo de varios días y desastrosa hasta la salida del próximo copete; allá, como mero pretexto para que todas ellas quedaran, por fin, listas para lucir la majestad de sus cabelleras, unas veces en trenza y otras en cascada.

Por aquí andaba la primavera.

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R
<br /> <br /> Yo siempre pense que este acto de espulgar piojos tenia que ver con la demencia de la pobreza, pero veo que no es así. Hay cosas que una prefiere no recordar, pero poder recordar asi con este<br /> escrito de "De Piojos" duele casi nada.<br /> <br /> <br /> <br />
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