De festivales y otras madres

Publicado en por Leopoldo Navarro

Uno la veía llegar linda como nunca, mejor peinado el permanente, rojos sus labios y chapetes, aretes nuevos y deslumbrantes, y todos los alumnos de todos los grupos formados desde muy temprano, como esperando sólo la llegada de ella para empezar el programa de actividades. Era el festival escolar por el día de las madres.

Obligado estaba uno por el programa, pero traicionado por el nerviosismo, para recitar en público el poema estoicamente aprendido. Suficiente estrado era el mesabanco en que uno debía guardar el equilibrio, en pleno patio grande, que entonces cumplía uno de sus mejores usos, el de espacio para las mayores ceremonias escolares. Uno, pues, no podía más que gritar entrecortado los retazos de recitación, convertidos en tormentoso estreñimiento de palabras.

Uno o dos días antes se había cubierto la otra parte del ritual de temporada. Ir en fila todos los del salón, conducidos por la correspondiente maestra, a la tienda PH en la callejuela Padilla, donde era gerente el padre de Luis Sojo. Disponer de los dos pesos que la maestra había encargado pedir a la madre para comprarle su regalo, y revisar entre los estantes las opciones disponibles por ese precio: un juego de cuchara, cuchillo y tenedor de peltre; una azucarera; un juego de salero y pimentero; una taza para café y su respectivo plato. Cada uno de estos deslumbrantes paquetes estaba listo para llevar y entregar, en envoltura de celofán transparente, rematados por el infaltable moño rojo de celuloide.

El poema, la recitación, el verso… no más. El nerviosismo fue traicionero con la memoria, y las palabras simplemente desaparecieron. Para fortuna histórica, la madre había agotado minutos antes su dotación de estoicismo, renunciando a su festejo para el que nadie tuvo la gentileza de invitarle una silla, salió del patio-recinto mentando la madre a los organizadores del acto solemne, y se evitó la pena de sufrir al hijo que abandonaba el estrado a media recitación olvidada.

Cuentan que en el nombre de Loreto cabe todo un poema.

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Raquel Jacinto Guerrero 06/04/2010 06:36



Hay personas que llegan a tocar nuestra existencia sin saberlo. Otras tomamos la existecia de alguna o de algunas personas como ejemplo de vida perceverancia, fuerza de amor y entrega para
subsistir de ella o ellas como quien bebe agua cuando se esta sediento, o como quien reposa cuando esta cansado. Sera por que tal vez una caricia pura marca el alma o sera que como matriarcas
tienen poder y ejercicio sobre su amada descedencia. Yo siempre he sentido que ella o ellas estan conmigo, que si bien idas, me siguen y me cuidan, ellas son mis otras madres, mis dos abuelas en
vida fueron buenas amigas y en el cielo seguro que hacen de todo por los que aman.



Leopoldo 06/04/2010 04:44



Uf. Sigo cabalgando en el riesgo de caer en la cursilería, pero lo digo: esa edificadora sería uno de mis escasos motivos para votar porque la existencia del cielo fuera verdad, y que cada uno de
mis guiños le tocara el botón de la sonrisa.



Raquel Jacinto Guerrero 06/02/2010 06:11



En algunos casos, como el mio el nombre de Loreto llega a ser edificador de mi buena suerte y mi fortuna.